

Nuestra vida en las palabras
Estimado lector: bienvenido. Sea lo que sea lo que te haya hecho llegar, te invito a leer estos artículos. Los he estructurado según el orden del abecedario por varias razones: en primer lugar, los marcos arbitrarios tienen una respetable tradición y son prácticos; en segundo lugar, este me imponía una tarea finita que hasta yo –pensaba con presuntuosa ingenuidad– podría completar con disciplina.
Se trata de textos heterogéneos. En un principio, quise proponer contenidos filológicos; el asunto, sin embargo, rápidamente se me fue de las manos y caí en reflexiones ensayísticas, remembranzas pudorosas, confesiones disfrazadas y hasta –todavía me da un poco de vergüenza– algo que quiso ser creativo. Ya sabes, la pendiente resbaladiza:
«Si uno comienza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia al robo, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente».
Thomas de Quincey: El asesinato considerado como una de las bellas artes.
Soy consciente de mis defectos y, a menudo, necesito una pinza en la nariz cuando releo mis artículos; otras veces, encuentro pasajes que me gustan. No me postulo como lectura pero sí me comparto gustoso. En cualquier caso, mi intención primordial fue dejar las cosas que se me ocurrían recogidas en un formato pulcro para no olvidarlas.
El hecho de que me leas, aunque sea poco, me parece una gentileza.
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Advertencia: si me lees en el móvil y aparece algún poema, te aconsejo que coloques el dispositivo apaisado: de esta forma, conservarás la longitud original de los versos.