Palabras, días.

Nuestra vida en las palabras

Ludus

El ser humano y su complicada relación con la ilusión. O, lo que es lo mismo, consigo mismo. Es bueno tener ilusiones, malo ser iluso. El poder y peligro de la ilusión deriva de la recursividad de lo humano: lo que soñamos o tememos ser actúa, vía plasticidad neuronal, en nosotros determinando lo que realmente somos.

Todo arranca en lūdo, is, ere, lusi, lusum: jugar, divertirse, dedicarse a estudios de poca importancia, fingir, burlar, trabajar en vano, ensayar… El sustantivo correspondiente es ludus que, entre otras cosas, expresa burla, pasatiempo, juego de azar, placer sensual, palestra y… escuela. Tenemos también los ludi scaenici (representaciones teatrales) y los ludi circenses (espectáculos de gladiadores).

Niña jugando a las tabas.

Empezamos a liarla cuando prefijamos IN+LUDO y obtenemos illudo. La partícula previa (que también jugaba un papel importante en invidia, tema de otro post así titulado) indica movimiento hacia dentro o adverso respecto a alguien. Teniendo en cuenta lo que ya significaba el verbo simple, tendremos burlarse de, ultrajar, insultar, comprometer. En cualquier caso, subyace la idea de atraer a alguien a un engaño que, metafóricamente, podemos intuir como una típica trampa para animales. (me viene a la mente un phrasal verb: to cheat someone in/into). Y por aquí llegamos al participio illusus y al sustantivo abstracto illusio: burla o ironía para los romanos. Como se ve, nada bueno. Ahora bien, esto es lo que nos dice el DRAE:

Ilusión (del lat. illusio, -onis).

1. f. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.

2. f. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.

3. f. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.

4. f. Ret. Ironía viva y picante.

Sólo la primera y la cuarta acepción mantienen algo negativo.

Si seguimos aplicando los mecanismos de derivación, llegamos a ilusionismo, ese oficio que nos engaña de forma placentera y sorprendente. También se le llama prestidigitación; una etimología tan fácil como bien traída nos dice que este último término viene de presto + dígito o, lo que es lo mismo, dedos rápidos. ¡Atención! No reduzcamos la magia a la habilidad ¿digital?; protestarán, y con razón, las distintas familias: escapistas, mentalistas, adivinadores, magos blancos y negros… De todos modos, según parece, los franceses, en el siglo XIX, obtuvieron prestidigitateur a partir de un antiguo prestigiateur. Este viene del latino praestigium, fascinación, ascendiente, opresión que alguien ejerce sobre otra persona. Ojo con los ilusionistas ─y con la ilusión─, que pueden no ser tan inocuos como parecen. Especialmente los que escamotean su condición trabajando sin capa.

La magia es, ante todo, dimensión añadida y rejuvenecimiento del asombro y existe desde que el mundo es mundo; conservamos artefactos muy antiguos pero yo me inclino por la palabra. En las arcaicas leyes romanas de las XII tablas ─recopiladas en el siglo V a. c. ─ ya se considera delito el encantamiento: malum carmen incantare (carmen significa, entre otras muchas cosas, poema, canción, encantamiento, fórmula cantada, oración... y de encantar mejor ni hablamos). El castigo era la muerte, especialmente si la incantatio iba acompañada de agravantes tales como nocturnidad o sacrificios humanos.

No nos quedemos cortos.

Un ejemplo clásico de este texto son las tabellae defixionis o tablillas de maldición. Se trata de finas hojas, generalmente de plomo, en las que se escribía un conjuro contra alguien a quien se odiaba; luego se enrollaban y se ocultaban en algún lugar cargado de fuerza (un templo, una cueva, una grieta en la roca, la propia casa del ser odiado o amado…). A veces iban acompañadas de un muñeco que representaba al ser sobre el que se quería influir atado de pies y manos. Se conserva una en la que figuraba, pintada, la imagen del «perjudicando»; en el lugar ocupado por el rostro, se restregó con fuerza un nefando mejunje que, en los análisis hechos hace poco, ha resultado ser… mierda.

Tabella en la que aparece representado el maldito con las manos atadas.

La palabra mágica ─sea religión o sortilegio─ debe ser reproducida con la más estricta literalidad porque hasta su cuerpo físico es crucial. Un encantamiento mal pronunciado o proferido con un ritmo inadecuado no tendrá efecto o actuará en un sentido contrario al deseado. La palabra mágica tiene vida propia y poder más allá de la semántica. ¿Sabe alguien (le importa a alguien) lo que quieren decir los conjuros? Cicerón nos cuenta que, en su época, ni los mismos sacerdotes entendían lo que decían al pronunciar ciertas fórmulas en latín arcaico a las que no se podía cambiar nada. ¿Actualizar? No, por Dios.

Aún hoy día el léxico de la magia guarda su fascinación y algunos tenemos favoritas que nos llenan la boca de poder: birlibirloque, abracadabra, chamán, necromancia, trampantojo…

Y vuelvo al inicio. ¿La ambivalencia de la ilusión es la esencia de lo humano? ¿Somos criaturas que, día a día, se sacan a sí mismas ─leve paloma, ágil conejo─ de una chistera? ¿Es el autoengaño la verdadera fórmula mágica e infravalorada de la vida y reverso (en euskara, ifrentzu, del latín inversum) inevitable del nosce te ipsum? ¿Cómo se aprende a equilibrar ambas cosas?

Todo lo que sale del fúnebre y estirado cilindro es inasible.

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