Palabras, días.

Nuestra vida en las palabras

Carpe diem

Horacio: Odas, I, 26

Por el camino de los lugares comunes, nos encontramos con este mensaje: “carpe diem”.  Leucónoe (podríamos traducir este nombre griego como “la de mente clara”), la joven a quien va dedicado un bellísimo poema de Horacio, ha pasado a la historia por ser la inspiradora de esta expresión, que significa “cosecha, recoge, recolecta el presente” como si se tratara de una fruta madura y perecedera. Lejos de ser una invitación al hedonismo trivial e inconsciente tan extendido hoy día, es una llamada a vivir el momento de forma plenamente consciente e intensa. Esto implica esforzarnos por dotar de significado y trascendencia a todo lo que vivimos; para ello debemos integrar en la valoración del momento actual todo lo que nos trajo hasta aquí y el paradójico valor añadido de su fugacidad. Sólo quien hace esto puede decir que saborea la vida y puede seguir creando porvenir. Veamos un fragmento del poema número once del primer libro de Odas:

[…] sapias, vina liques, et spatio brevi

spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit invida

aetas: carpe diem, quam minima credula postero.

Horacio: Odas, I, 11

Traducción:

[…] si sabes lo que te conviene, diluye el vino y, breve la vida,
acorta la tan larga esperanza. Mientras hablamos, huye envidioso
el tiempo: cosecha este día, deja lo menos posible al porvenir.

¡Qué afortunado el uso de un término agrícola: “cosechar”!  Si aún no estamos irremediablemente desvinculados de la naturaleza, la imaginación se nos llenará con la paciente, maravillosa maduración del fruto que sigue el ritmo de las estaciones para acabar siendo esplendor de vida concentrado en manzana, uva, espiga… Nuestra vida es así de fértil cuando nos atrevemos a pensarla y sentirla.

Nuevamente, tenemos a mano un poeta renacentista para darnos su versión:

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre

Garcilaso de la Vega, soneto XXIII

(El lector curioso y erudito apreciará la influencia de Petrarca y un análisis rítmico detallado aquí.)

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