Palabras, días.

Nuestra vida en las palabras

Ubicua poesía

Carl Spitzweg: El poeta pobre

No digas que no te gusta la poesía: te niegas a ti mismo, te desconoces. ¿De verdad no has estado nunca en la última frontera de la palabra, en la dimensión donde se anudan más libremente que en cualquier otra la emoción, el juego y la razón? No te creo.

¿Cuándo fue la última vez que quisiste decir algo de una forma especial? ¿Lo recuerdas? Pretendías que tus palabras fuesen lo que decían y que tuviesen el poder performativo capaz de modelar, siquiera mínimamente, la realidad. Y puestos a pedir, que tuviesen un brillo memorable, porque la poesía quiere ir a donde no habite el olvido. Brota de lo individual y se expande en lo universal.

Así es modelada tu mente por la canción que te posee y se escapa de tus labios cuando te duchas: la poesía de tu vida. Ahora dime que no tienes una locura de esas, que hoy me he reído poco… Y tus relaciones con los demás también aletean al viento de las palabras que tu aliento poético más o menos afortunado deja caer.

Querías darlo todo en un juego y no te sientes ganador. Menos mal, porque, de haber sido así, quizá ya no jugarías más. Te entiendo: yo miraré desde la otra orilla esto que estoy escribiendo: me causará vergüenza y querré tirar los dados otra vez (pero, de alguna manera, se me impondrá con cierta realidad corpórea que no sé de dónde viene y no podré borrar).

El griego ποίησις (poiesis) significa «acción de hacer». Su opuesto (su complementario) es πρᾶξις (praxis): “acto, ejecución, ejercicio”. Poiesis, en el contexto de la poesía, es la acción, la facultad de hacerla y también la obra misma y el género poético en sí. A poiesis y praxis les acompaña θεωρία (theoria): la acción de contemplar un espectáculo; posteriormente, pasó a significar, también, meditación del estudio, especulación teórica.

La lectura de la poesía culta exige entrega y apertura más allá del tiempo, más acá del espacio. Es fuente de frustración ahora y te lo puede dar todo en un puñado de signos luego:

«¡La alegría del mundo

en el pecho redondo de la tarde!»

Cuando lees un poemario no estás atrapado en una trama que arrastra y compromete. Es más, te sienta bien dejar de leer y sentir lo que esa página te ha ofrecido. Slow thinking, slow feeling. Recomiendo encarecidamente este hábito y lo postulo como antiquísima alternativa de probada eficacia para el vértigo del vivir débil y líquido. Ya me lo dirás.


La poesía es tan poderosa que la ciencia más extrema, cuando no puede describir algo en términos denotativos, recurre a ella1: «agujero negro», «enjambre sísmico», «mariposas del alma» («neuronas» en palabras de su descubridor, Ramón y Cajal). Y qué diremos del también ubicuo pensamiento computacional, tan simbólico sobre su impoluto ADN binario: puede vivir en la nube y escribirse en un código fuente pero necesita cortafuegos para no ser accesible a los virus que, de todas formas, acaban entrando a lo troyano (¡debería ser a lo griego!).

“Necesitamos especialmente de la imaginación en las ciencias. No todo es matemáticas y no todo es simple lógica, también se trata de un poco de belleza y poesía”.

Esta relación que empezó con los presocráticos (que se sepa) es reversible: los poetas flirtean con la ciencia (si me lees desde el móvil, debes ponerlo apaisado para conservar la longitud de los versos):

Armonía del mundo

Mi vida fue amar la lejanía que se dibuja
entre el Sol y unas manos, uncir
a mis números grises el tiempo que se gasta
en cada órbita del mundo. Si alguien
preguntase por mí, decidle que ya he muerto,
que pensé cosas que ningún ser humano
había pensado antes y, lo que es más,
fui consciente de ello; decidle que es tan dulce
la cinemática del Sol, tan simple,
sin fisuras… Decidle que estos ojos
se volvieron hacia arriba mientras expiraban
para señalar el cielo por encima de mi cabeza,
y que yo, Johannes Kepler,
huésped extraño de la vida
durante mi existencia
pude, a pesar de todo, medir los cielos,
el espíritu, y ahora mido las sombras
y reposo en la tierra.

VALLVEY, Ángela: El tamaño del universo2

Johannes Kepler

La poesía (al contrario que el éxtasis o la meditación de cualquier tipo, que nos pueden llevar a una psicótica noche oscura del alma) no suele trastornar, aunque «verso» venga de verto, vertere, que significa «dar la vuelta, verter» (su participio, versus, significaba, entre otras cosas, «surco de labranza» y «verso en una composición»). Yo creo que, con la ayuda de su infalible aliado, la música, nos puede inducir estados de ánimo como el arrebato cantarín de la ducha, la suave y terapéutica nostalgia sin rostro o el estremecimiento de quien levanta un velo misterioso. Incluso si trata el desaliento o la muerte, el poema lo hace desde la paciencia, atención al detalle y capacidad de vincular los datos de la introspección con los de la experiencia externa que exige su elaboración. Y cuando el lector ofrece a la palabra viva un horizonte en el que resonar, es inevitable desplegar algo de esas mismas cualidades.

* * *

“Poetizar es un acto de Realidad y de Lenguaje: transformar los nombres hasta el sustrato primigenio, indagar tras el concepto originario, pulsar el Ser desde lo uno hasta lo múltiple, devolver la realidad a la Realidad.”

Jaime Siles (en la antología Joven poesía española, Cátedra, 1982).

Esta poesía de los principios es la que tanto me fascina y siempre busco cuando rastreo el origen de los vocablos; unos brazos cálidos me llaman desde ese tiempo en que las palabras cuajaban como estrellas en el pensamiento encarnando pedacitos de realidad.

Un ejemplo: la palabra texto es, en origen, el participio pasado del verbo latino texo, “yo tejo”; textum significaba “tejido, trama, urdimbre”. Metafóricamente —poéticamente—, “estructura, organización”. Es pensar esto y la imaginación visual se dispara, descubre paralelismos entre acciones que esa etimología asocia: la aguja conduce al hilo que, al dar estructura, crea la prenda como el cálamo lleva la línea de tinta por el derrotero que será cuerpo de las ideas organizadas y vivas, listas para crear sistemas en los que se puede vivir. No deja de recrearme que ese limpio paralelismo sea tan físico como intelectual, y creo que le da magia incluso al hecho de escribir a mano la mera lista de la compra. Todo se vuelve poesía y en ello vivimos.

Me gusta limpiar las excrecencias del uso, desacostumbrarme para oír con frescura la música que viene desde el fondo de la caracola. ¡Que importante es desaprender y qué difícil, a veces, decidir qué y cómo! Nadar a contracorriente.

Ya lo dijo Cervantes:

“Tarde se aprende lo sencillo.”

Esto también es verso.

Xilografía de Hans Holbein el Joven (1497-1543) de la serie “Danza de la Muerte” de ca. 1540


  1. Lo que la ciencia tiene de poético ↩︎
  2. La poesía de la aventura ↩︎

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